domingo, 30 de septiembre de 2012

Y ahí estaba él. Quieto. Mirando hacia el suelo, esperando una voz desde el otro lado que le llame.

Y, en ese segundo en el que acabo de verle, recuerdo muchas cosas, tantas que ni siquiera yo podría contarlas todas.

Mirando hacia el suelo. Así estaba la primera vez que le ví. Esperando de nuevo. Pero supongo que esa vez esperaba algo más que una voz. Esperaba a alguien que le ayudara, que supiera enseñarle el mundo que había más allá de la vista de una persona, que le demostrara que hay cosas preciosas pero que no se ven...
También recuerdo su sufrimiento cuando me confesó todos sus miedos, todas sus pesadillas y todas aquellas escenas que ahora, puedo hacer que sean parte de una memoria olvidada tras muchas sonrisas.

Y mirándole así, quieto, esperando tan paciente, recuerdo su primer abrazo de apoyo cuando unas lágrimas de dolor que gritaban por salir y que alguien las secara en mi rostro aparecieron una fría noche de febrero.
Porque él también sufría por verme así, sin ninguna salida más que su cariño...

Las personas creemos que no, que nunca cerramos heridas. Quizás, lo que debemos hacer, es esperar a que alguien aparezca para ayudarnos a cicatrizarlas. 

Y es en ese justo momento en el que termino de recordar todo sobre esa persona que sigue mirando hacia el suelo esperándome, cuando vuelve la mirada y sé que nunca podría abandonarle.
Para. Piensa. Esas palabras que hoy otros pronuncian, han salido también de mi boca hace tiempo.
Hoy no les creo, no me parece bien. Mienten.