A veces, en muy pocas ocasiones, creo en el destino.
Recuerdo ese momento, ese instante en el que se paró de verdad el tiempo. Creo que ni siquiera existía el aire, ni las estaciones, ni el sol, ni las estrellas, ni un solo minutero que se moviera en ese instante.
Recuerdo que hasta mi sangre, mis arterias y venas, mi sistema nervioso y mi corazón no respondían...
Esa sensación de no saber si es un sueño, si el mundo está dando vueltas sobre ti misma y no eres lo suficiente consciente para moverte, si has muerto en una fracción de segundo mientras cruzabas la calle. Juro que no sé dónde me encontraba.
Y, supongo que, en algún momento de la consciencia que pude encontrar entre miles de pensamientos, de dolorosos y punzantes enemigos, de millones de historias que duelen al ser ajeno, de trillones de lágrimas entre las sábanas de un pequeño mundo, pude ver la mirada más pura y sincera que había encontrado en mi vida, me estaba observando a mí.
Explicarte ahora mismo cómo y por qué suceden las cosas sin motivo alguno, sin ganártelo a pulso, esperando sentada en un banco viendo como pasa el tiempo en tu piel no es posible.
Algún día, entre todo ese tiempo que he recuperado, entre todo ese fragmento de vida que he recibido, podré deciros por qué, cómo y cuando me merecí todo el universo.
Pero eso es otra historia.
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