La mayoría de las personas, de un modo u otro, tienden a hacer un balance sobre qué ha pasado, cómo ha pasado, qué tipo de cosas hemos perdido y ganado, lo que podría haber sido...
Sabéis a qué me estoy refiriendo.
Yo también soy de esas personas que se preguntan si, de un día para otro, las cosas volverán a cambiar como lo hicieron durante 365 días antes de esa noche, y no me importa reconocerlo.
¿Quién no se hace un esquema sobre ese capítulo de su vida?
Todos los años, he destacado dos simples cosas: lo que me da pena que se vaya con el fin de año, y lo que no.
Algunos años he tenido que cargar con un dolor, como la pérdida de seres queridos, que precisamente en esas fechas sueles odiar cómo se los ha llevado el tiempo pero, también me alegraba de que muchísimas más personas desaparecieran de mi vida para siempre.
Y, no es un pensamiento egoísta pero, al menos sé que las personas que se fueron me querían y nunca me harían daño, no como los que siguen vivos... de éstos te puedes esperar cualquier cosa.
Este año, ha pasado a la velocidad de la luz, increiblemente rápido... Ni siquiera he notado el dolor del paso del tiempo.
Sé que sólo ha sido por una razón: mi ángel de la guarda.
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