Podía notar incluso a través de mis párpados entonces cerrados, la oscuridad que había en el ambiente. Sentía cómo las gotas de agua golpeaban las ventanas de esa habitación y un olor a tierra mojada ocupaba todo el espacio que podía conocer.
Tras ver aquel día lluvioso, después de un día agotador, que casi acababa con mi existencia y mis esperanzas, decidí que no volvería a pensar ni un segundo más en los errores que había cometido entonces, en las veces que me arrepentía de mi pasado y de mí misma.
No me importaba qué pasaba a mi alrededor, e incluso me atrevo a decir, que no me importaba ni yo misma. Cualquier evento que ocurriera no era nada interesante, no me inquietaba su presencia, ni su ausencia.
Era, por lo tanto, una persona que vagaba por sus pensamientos sin motivo alguno. Sin buscar un sólo recuerdo que pudiera dañarme, evitando incluso aquellos que me sacaban de la indiferencia que sentía hacia la vida.
Es así cómo quise matar mi propia personalidad y cómo dormí mis recuerdos en ese mundo mental vacío en el que me hallaba, en el que nadie ni nada podría entrar sin la clave de aquello que me mataba cada segundo y que me hacía seguir notando la angustia de mis mentiras.

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