De nuevo la lluvia estaba golpeando la ventana tras la cual se escondía todas las noches. Esa noche más que nunca le apetecía salir para contemplar el cielo oscuro, a través de todas esas pequeñas gotas de agua que querían rozar su cuerpo.
Era precioso observar cómo todo el mundo tenía un lugar en el que refugiarse en una noche tan especial como aquella, y eso que ella tenía uno, pero no había motivo por el que quedarse allí.
Las calles se quedaban solas, los charcos eran uno solo y no tenían miedo de que cruzaras sus aguas con tu peso y tus botas.
Verdaderamente, no importaba absolutamente nada lo que pasara aquella noche.
Pero, desgraciadamente, no tenía nadie que pudiera abrazarla después de volver empapada cuando había estado media hora bajo la lluvia. Esta vez no.
Así que la única manera de poder observar el terrorífico cielo, de escuchar el maravilloso sonido de los truenos, era la de quedarse quieta durante unos minutos desde aquella habitación, a través de aquella pequeña ventana mientras tomaba un café a temperatura "fusión del núcleo terrestre"...
-¡Cariño! -dijo una voz desde la planta de abajo- ¡Ya estoy en casa! ¡Joder! ¿Has visto cómo llue...
Un beso. Sólo necesita un beso.
Te daré ese beso, y más...
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